Qué necesito para contar relatos cortos en Halloween


Relatos cortos para contar en Halloween

La noche de Halloween está llena de tradiciones. Además de disfrazarnos e ir por las noches a casa de los vecinos a pedir caramelos, contar historias de terror es otro de las cosas típicas para hacer con amigos durante la noche de Halloween. ¿No te sabes ninguna? No te preocupes. A continuación te dejamos una selección de los mejores relatos cortos para contar en la noche de Halloween.

Los relatos son las creaciones de los cinco ganadores del premio de la web Excelencia literaria que publicaron su historia.

Caída de las hojas de Pilar Zhang Qiu

Sobre el silencio de aquella noche de octubre se escuchaba un carraspeo de hojas secas. Pese a la leve bruma, podía distinguirse la extenuada figura de Vicente junto al nogal.

Vicente cuidaba del jardín después de que los propietarios de la mansión hubiesen abandonado aquel. Sus cansados brazos desplazaban rítmicamente el rastrillo, despejando el suelo allí donde antes hubo una rosaleda inundada de alegría, en la que jugaban los niños de una familia feliz. Los pequeños acostumbraban a pasar las mañanas correteando con sus improvisadas espadas de ramas y periódicos enrollados. Pero tan pronto como la familia se marchó, desapareció el fulgor del sol.

Vicente trajo a su memoria la risa inocente del pequeño Ignacio. Entonces elevó la mirada hacia una de las ventanas de la casona y le atrapó un estado de desconcierto.

El mango del rastrillo se escurrió de sus manos y, a trompicones, se dirigió hacia el interior de la mansión. Mientras, el viejo nogal empezó a mover las ramas, como si quisiera advertirle…

En el vano de aquella ventana se asomaba un niño cuyo cuerpo estaba atravesado por una barra de hierro. Pero no parecía sufrir, pues alzaba los brazos y sonreía.

Vicente subió las escaleras, avanzó por un largo corredor, abrió la puerta del cuarto y, cuando se disponía abrazarse con Ignacio, los vidrios se ensangrentaron.

El cuerpo del jardinero traspasó la ventana, cayó al vacío y, al romperse contra el suelo de la rosaleda, se clavó los dientes del rastrillo.

Apareció el pequeño Ignacio a su lado. Con una fuerza desproporcionada para un chico de su edad y tamaño, agarró el cuello de Vicente y lo arrastró hasta la base del tronco, en donde se pudieron ver los cuerpos de otro niño, de un hombre y una mujer, y del ama de llaves que había cuidado aquella propiedad.

Ignacio tomó la barra de hierro y, haciendo fuerza sobre ella, la extrajo de su abdomen para colocarla entre las manos del cadáver del niño.

Hermano, juguemos –le dijo-. Te he traído a Vicente para que se una a nuestra alegría.

Pero no obtuvo respuesta, lo que provocó en él una mueca de ira.

El pequeño se retiró enfurecido al interior del edificio, subió las escaleras, avanzó por el pasillo y se encerró en la habitación, decidido a esperar la llegada de una nueva persona a la que añadir a su colección de juguetes.

La puerta de Javier Merino

En la medianoche del 31 de octubre, Marcos salió del portal sacudido por el miedo.

Junto a su pandilla había jugado a “truco o trato”. Después vieron una película de terror.

La velada no fue diferente de las de años anteriores, salvo que durante la película Marcos se sintió identificado con el desgraciado protagonista. Compartía con él -sorprendentemente- nombre, edad y algunas aficiones, pero el personaje moría, asesinado por un “muerto viviente” cuando se encontraba solo en su casa durante la última noche del mes de octubre.

Marcos utilizó otro camino para llegar a su casa. Cambió los habituales atajos oscuros y poco frecuentados por avenidas concurridas y luminosas.

Se decía para vencer el miedo, <<papá y mamá están en casa>>.

Llamó al timbre repetidas veces, pero no le abrieron la puerta, así que tomó la llave que siempre estaba debajo del felpudo y abrió él mismo. Supuso que sus padres se habían quedado dormidos. Sin embargo, encontró una nota:

“Hemos salido con los tíos. Nos quedaremos a dormir en su casa. Volveremos mañana temprano. Antes de acostarte, acuérdate de…”.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Le asaltaban las imágenes de la dichosa película.

<<¿Quién iba a haberme dicho que voy a pasar sin compañía la noche de Halloween?>>, pensó.

Se acostó. Sólo quería dormir para que el tiempo pasara más deprisa, se repetía.

A pesar de todo, el sueño acabó por vencerle.

Pero se despertó entre sudores, pues a pesar de la fecha hacía calor. No obstante, al irse a dormir se había tapado hasta por encima de la cabeza, como cuando de pequeño tenía miedo a la oscuridad.

Consultó el despertador: eran las cuatro. Entonces la puerta de su habitación comenzó a abatirse.

Hubiese querido levantarse para enfrentarse a cualquiera que fuese la amenaza. Pero no podía; estaba atado a la cama.

Cuando la puerta se abrió por completo, descubrió a una criatura horrenda que se le acercaba entre risas, portando un afilado cuchillo.

Marcos se revolvía, impotente.

Todo se volvió negro…

Entreabrió los ojos, consciente de que había tenido una pesadilla y respiró aliviado. Después consultó el despertador: eran las cuatro.

La puerta de su habitación comenzó a abatirse…

El sobre de Blanca Gallostra

Paula llevaba varios días sin poder dormir. Su hermana María había desaparecido.

Entrado octubre, recibió un sobre azul. No constaba su dirección ni el remitente.

El sobre estaba reutilizado. Se notaba en los bordes gastados. No cerraba bien del todo. En su interior descubrió una nota firmada por María: “Perdóname, tengo miedo”. Debajo, copiaba una cita del Monte de las ánimas, una de las Leyendas de Bécquer en la que la hermosa Beatriz animaba a su primo Alonso a que acudiera a ese monte, la noche de Todos los Santos, en busca de una cinta azul. Él moría devorado por los lobos y ella moría de horror al encontrar la cinta azul, desgarrada y ensangrentada, en su habitación. La frase que citaba era la siguiente: “La encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!”.

Un par de semanas más tarde hallaron el cuerpo de María. Tenía un cuchillo clavado en la frente, del que caía un reguero de sangre seca hasta el cuello. En la mano derecha asía con fuerza una cinta azul, desgarrada y ensangrentada. Paula recordó la nota y entró en un estado de pánico. Quedaban cuatro noches para el día de los difuntos…

Apenas dormía, encerrada en su habitación, mirando fijamente hacia la puerta. De vez en cuando le atrapaba un sueño ansioso y se despertaba jadeando. En la víspera de Todos los Santos recibió otro sobre azul. Con el corazón oprimido y las manos trémulas, lo abrió. Contenía una cinta del mismo color. Sintió que se le ofuscaban los ojos y se le helaban las venas. Un profundo vacío se apoderó de todo su ser… Su razón se había enturbiado, sus sentidos se tornaron paranoicos y la locura la dominó.

Redactó una nota de auxilio. No se le ocurrió otra forma de suplicar ayuda. Volvió a encerrarse en su habitación. El chasquido del pestillo la perturbó aún más. Se pasó las horas pensando cómo sobrevivir.

Con una frialdad impasible ejecutó su plan: se aseguró de que una segunda nota tardara en llegar a su destino y afrontó la noche con un sentimiento parecido a la serenidad. En su mano derecha estrujaba la cinta que había recibido en el sobre azul. En la izquierda apretaba un puñal con actitud de amenaza.

El viento sacudía la ventana. De pronto escuchó un chirrido sobre su cabeza y alzó la mirada. Un golpe en la escalera de enfrente… Murmuraban los vecinos del piso de abajo… El viento aullaba cada vez con más fuerza…

Percibió el mismo crujido detrás de la puerta. Su razón, perdida, reaccionó de una forma horrible: se clavó el cuchillo en la frente. Acto seguido, cayó desplomada sobre su cama.

A la mañana siguiente, una amiga de Paula recibió un sobre de color azul con los bordes gastados, sin dirección ni remitente. Dentro solo había una nota que decía: “Perdóname, tengo miedo”, así como una espeluznante frase recogida de una leyenda de Bécquer.

Ocho patas de Berta Ferrer

La araña estaba allí.

La había visto. Había contemplado su avance lento desde la ventana. Desapareció por debajo de la alfombra.

Levantó los pies del suelo y se cubrió hasta el cuello con la manta. Ahora no la podía ver, pero sabía que seguía en el mismo sitio. Una araña no podía trepar hasta el colchón. ¿O sí?…

Estaba cansado. Se frotó los ojos, que le escocían de fatiga. Se negaba a cerrarlos. No podía dormir sabiendo que aquel espantoso animal aguardaba paciente en algún rincón en penumbra. ¿Y si decidía escalar por su pierna en plena noche, mientras soñaba plácidamente? Se ovilló bajo las sábanas. ¿Y si se despertaba con un animal de ocho patas por dentro de la chaqueta del pijama?…

Su cerebro se había puesto a trabajar a una velocidad pasmosa, buscando soluciones e hilvanando probabilidades.

El insecticida era una buena opción, pero conllevaba salir del dormitorio y darle la espalda a la araña. No quería proporcionarle la oportunidad de campar a sus anchas hasta encontrar un nuevo escondrijo. Tampoco entraba en sus planes arrodillarse junto a la cama y sacar al bicho con sus propias manos.

Podía llamar a su padre, que solucionaría el problema sin alterarse, pero para eso –la opción de salir del cuarto ya había quedado descartada- tenía que gritar… sus hermanos se reirían de él si descubrían la causa de su miedo. No le quedaba otra alternativa más que vigilar los movimientos del arácnido y mantenerlo a raya para que no subiera a la cama.

Un cosquilleo en una pantorrilla lo paralizó. Se quedó muy quieto, notando el picor que avanzaba por la pierna. El pánico le erizó el vello de la nuca. Podía escuchar con claridad la sangre batiéndole en las sienes y tuvo que hacer un esfuerzo por acordarse de respirar. Su atención estaba centrada en el hormigueo que marchaba desde la rodilla hasta el muslo. Era inconfundible. La araña había eludido la vigilancia y se había colado entre su piel y la ropa.

El sudor le empapó la frente. Se agarraba con fuerza a la manta con todos los músculos del cuerpo tensos como cuerdas de guitarra. Debía permanecer inmóvil si no quería recibir una picadura. Se mordió el labio inferior. El animal había alcanzado su tripa. Se movía a un ritmo constante. El roce de sus ocho patas le revolvía el estómago y las náuseas se sumaban al desasosiego. Ya estaba en su pecho. Jadeó de ansiedad. ¡No podía retrasar mucho más tiempo el salir de la cama de un salto!

Apartó las sábanas con precaución, procurando no hacer ningún movimiento brusco. Le temblaban los brazos. Levantó el cuello del pijama y abrió la boca para gritar, pero el alarido se le congeló antes de llegar a la garganta.

Por el ángulo del ojo vio algo que se movía en el vano de la ventana. Era la araña, que se iba por el mismo lugar por el que había venido.

La mejor noche del año de Beatriz Mocchi

Cualquiera la hubiera tomado por loca.

Muchos no comprendían por qué una chiquilla tan bien educada e inteligente amaba una estúpida fiesta pagana. Sin embargo, tenía sus motivos, pero nadie se había molestado en preguntárselos.

La causa tenía nombre y fecha: Chiara, dos de mayo de 2006.

Algunos imaginaban su historia; otros (a los que me atrevo a calificar como faltos de ingenio, sin intención de ofenderles) no eran capaces de deducirla. No obstante, sólo los parientes más cercanos estaban al tanto de la inclinación natural de la muchacha hacia lo que se conoce como “El Día de los Muertos”.

Al contrario que muchos amantes de Halloween, ella no era una de esas adolescentes que se van de fiesta vestidas de bruja y se emborrachan al son de la música de una discoteca decorada para hacer temblar al mismísimo fantasma Bloody Mary.

No, ella no era así.

Cualquiera la hubiera tomado por loca si se hubiese detenido a explicarles cómo, tras la muerte de su hermana mayor, cada anochecer se sentaba sobre la cama a esperarla, ilusionada de que regresara a besar su frente y desearle buenas noches. Y es que una noche de Halloween, ya bien acurrucada entre las sábanas, le pareció oír cómo se abría la puerta de su cuarto y unos labios cálidos se apoyaban delicadamente sobre su cabeza.

Comprendió que era cierta aquella popular historia: los muertos tienen permiso para bajar al mundo de los vivos una sola vez al año.

Desde entonces, el 31 de octubre se iba a dormir más temprano para que su hermana pudiera acercarse al cabezal de su cama, darle un beso y regresar al Cielo, en donde, probablemente, vivía.

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